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domingo, 21 de agosto de 2011

EL FIN DEL MUNDO




Carlos Rivera
La señal del cielo lloviendo azufre confirmó que el fin había llegado. Siempre creí en las profecías del apóstol Juan y su visión del apocalipsis; todas estas señales simbolizaban el preludio final. Sonaron las trompetas de los ángeles y una quietud entre fantasmal y maravillosa me embargó. Me incliné ante la imagen de Cristo que cuidaba con devoción en casa y lloré arrepentido como un niño.
Los seres humanos de toda la tierra al unísono oíamos una lindísima sinfonía anunciando la hora final; yo me senté junto a mi hija y no supe explicarle lo que acontecía. Madres arrepentidas en plena calle lloriqueaban apesadumbradas, algunos millonarios regalaron sus objetos a los pobres, pero a estos ya no les hacia falta nada y rechazaban cualquier intento de posesión banal (por que estaba escrito, de ellos - los pobres- seria el reino de los cielos); los carros dejaron de circular, las fabricas detuvieron su proceso productivo, el aire era ahora mas delicioso, el cielo se despejaba con un halito de pureza. Las radios y televisoras desde varias partes del mundo informaban los sucesos con la misma perplejidad. Ningún ser sobre la tierra dejaba de levantar sus ojos al cielo, nadie renunciaba a rezar a Dios. La vergüenza de muchas sectas fue humillante: durante siglos habían creído en dioses falsos que la extravagancia cultural les había permitido fundar, más la fe cristiana resultó ahora verdadera y única.
La voz de un ángel nos refería la vida desde el comienzo de los tiempos: la leyenda de nuestros profetas hasta la llegada de Cristo, su vida pasión y muerte. Se resolvió de una buena vez que Jehová y Jesús eran el mismo ser: único Dios del universo. Ninguna iglesia le interesó por que jamás hablaron de ello. Las congregaciones con sus fieles en su interior y sus majestuosas arquitecturas fueron derruidas a pesar de suplicar misericordia.
Un ángel superior hablaba a nuestra mente y ante cada verdad revelada los creyentes bendecíamos su palabra sintiéndonos siervos de aquella gloria infinita. Tuve miedo de pensar en otras cosas: por mi mente pasó la revelación de Juan acerca de los 144 000 sellados, ¿estaré dentro de esa lista? me pregunté, pero me deshice de esa idea ante el temor de que las elucubraciones de mi mente sean leídas por el supremo.
Cuando la noche ya estaba en su apogeo, millones de ángeles hicieron un círculo en el cielo, seres deslumbrantes, sin alas, completamente desnudos y sin rostros, anunciaron la presencia del rey de reyes. Jesús -que era lo mismo que decir Jehová- apareció en un hermoso animal mezcla de paloma con minotauro, tenia los ojos de fuego y de su lengua brotaron palabras malditas y benditas que fueron arrojadas a los cuatro rincones del mundo. El pelambre del animal era como si su cuerpo fuera hecho como de nubes: Dios tenia una corona sencilla pero maravillosa sobre su frente, un báculo en la mano izquierda, una túnica larga cubría sus manos y pies, a su alrededor una hermosa luz jamás antes vista en mi vida. Contempló a los humanos con una bizarra compasión anunciando el juicio final de la humanidad. Las exclamaciones de muchos se pudieron oír, algunos ofrecieron sus vidas en pos del perdón; el éxtasis asumido era indescriptible. De pronto, millones de ángeles se acercaron a cada uno de nosotros: mujer o varón sin importar la edad. Todos seriamos juzgados ese día. Cada ángel posaba sus manos sobre nuestra frente y al instante se nos revelaba la miseria o bondad de nuestra vida. Así fue evidenciada toda la autenticidad de nuestros actos.



Unos prefirieron el suicidio, Dios no lo permitió resucitándolos al instante. Me embargaba una sensación de estupor. Los ángeles subieron y se posaron a la diestra del señor quien movió su báculo y al momento murieron las tres cuartas partes de la humanidad. Mi hija cayó al suelo con una mueca extraña sin señales vitales. Suplique compasión a Dios pero no oyó mi ruego. Lo hecho, hecho está, repetían los ángeles. A un costado, la muñeca de mi hija me miraba con sus ojos cristalinos, hasta con vida diría. No entendía por qué Dios me escogió, por qué le quitó la vida a mi pobre criatura de nueve años quien por su inocencia y ternura debía ser elegida en vez de mi, quien en el trayecto de mis años fui un hombre pleno de pecado.



Los ángeles aparecieron ante los elegidos, fueron uno a uno llevados al cielo quienes sonreían plenos de una felicidad desbordante. Yo no quise abandonar el cuerpo de mi hija y hui con ella por las fragosidades de un bosque que hallé en mi desesperación; era inútil escabullirse del poder de los ángeles y la presencia de Dios, mas aun si había sido elegido para morar en su reino. Una lluvia de fuego cayó sobre mí; unas voces me conminaban a cumplir con lo establecido. Por la correría desesperante, sin desprenderme de mí pequeña; caí en un enorme lóbrego hueco. Una voz dulcísima me habló:



-¿Quieres salvar a tu hija?
-Si, respondí extasiado
- ¿quien eres? Pregunté con temor.
- Soy un ángel…un ángel como los que te persiguen
- ¿Que quieres de mi?
-Salvarte, solo salvarte. Confía, no temas. Ven, reposa tu cuerpo en mi pecho y duérmete. Ella vivirá por ti...



Cuando iba perdiendo las fuerzas pude verla recuperar su sonrisa, mi niña se puso de pie, se acercó y me escupió, transformándose en la gran ramera, la puta de Babilonia. La voz del ángel fue tomando forma en una bestia escarlata llena de nombres y blasfemias con siete cabezas y diez cuernos; juntos se elevaron al cielo con un poder increíble dispuestos a librar la gran batalla del fin de los tiempos con el rey de reyes que los aguardaba. No pude ver más. Cerré mis ojos para siempre.

1 comentario:

sonia chambi dijo...

Excelente,... me dejaste con hambre.